El profesor
El profesor A ningún hombre le gusta reconocer que ha cometido un error al escoger su profesión, y todo hombre que se precie luchará contra viento y marea antes que gritar: ¡Me doy por vencido! y dejarse arrastrar de vuelta a tierra. Desde mi primera semana en X, mi actividad se convirtió en un fastidio. El trabajo en sà —copiar y traducir cartas comerciales— era ya una tarea ardua y tediosa, pero, de haber sido eso todo, habrÃa soportado mucho más tiempo aquella pesadez; no soy una persona impaciente e, influido por el doble deseo de ganarme la vida y de justificar ante mà mismo y ante los demás la decisión de convertirme en industrial, habrÃa sufrido en silencio que mis mejores facultades se enmohecieran y anquilosaran; jamás habrÃa susurrado, siquiera mentalmente, que anhelaba la libertad; habrÃa reprimido todos los suspiros con que mi corazón hubiera osado comunicar su angustia en medio de la estrechez, el humo, la monotonÃa y el bullicio sin alegrÃa de Bigben Close, y su jadeante anhelo de hallarse en lugares más libres y menos sofocantes; habrÃa colocado la imagen del Deber y el fetiche de la Perseverancia en mi pequeño dormitorio de la pensión de la señora King, y ambos habrÃan sido mis dioses lares, de los que mi Bien más preciado, mi Amada en secreto, la Imaginación, la tierna y poderosa, jamás me habrÃa separado, ni por las buenas ni por las malas. Pero eso no era todo; la AntipatÃa que habÃa surgido entre mi Jefe y yo, que se enraizaba cada vez más y extendÃa una sombra cada vez más densa, me impedÃa siquiera entrever el sol de la vida, y empecé a sentirme como una planta creciendo en una húmeda oscuridad sobre las paredes viscosas de un pozo.
