El profesor

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Capítulo VI

Volví a entrar en la ciudad muy hambriento; la comida regresó tentadora a mi recuerdo, de modo que subí la estrecha pendiente que conducía a mi alojamiento con paso vivo y un gran apetito. Era de noche cuando abrí la puerta de la calle y entré en casa, preguntándome cómo encontraría el fuego de mi chimenea; la noche era fría y me estremecí ante la perspectiva de un hogar lleno de cenizas sin vida. Me sorprendió gratamente encontrar un buen fuego en una chimenea limpia al entrar en mi salita. Apenas había tenido tiempo de darme cuenta de ello cuando me percaté de la presencia de otro motivo de asombro: la silla en que solía sentarme junto al fuego estaba ya ocupada por una persona que tenía los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas estiradas. Pese a ser corto de vista y a la engañosa luz del fuego, una ojeada me bastó para reconocer al señor Hunsden. Desde luego no podía complacerme demasiado verlo, considerando el modo en que me había despedido de él la noche anterior, y cuando me acerqué a la chimenea, aticé el fuego y dije fríamente: «Buenas noches», mi conducta demostró tan poca cordialidad como la que sentía; sin embargo, me preguntaba qué le había llevado hasta allí, y también cuáles eran los motivos que le habían inducido a entrometerse de forma tan activa entre Edward y yo; a él debía, al parecer, mi grato despido. Aun así, no me animaba a preguntarle nada, a mostrar la menor curiosidad. Si quería explicarse, podía hacerlo, pero la explicación tenía que salir de él; creí que se disponía a dármela.


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