Jane Eyre

Jane Eyre

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El día siguiente comenzó igual que el anterior: nos levantamos y nos vestimos antes del alba; sin embargo, esa mañana no tuvimos que lavarnos porque el agua de la palangana se había congelado. El tiempo había empeorado durante la noche, y el viento del nordeste, que se colaba por las rendijas de las ventanas del dormitorio, nos había hecho temblar de frío en las camas y había convertido en hielo el agua de las jofainas.

Creí morir de frío antes de que terminara la hora y media larga de plegarias y lecturas de la Biblia. Por fin llegó la hora del desayuno. Esta vez, las gachas no estaban quemadas: se podían comer, pero la cantidad seguía siendo escasa. ¡Qué pequeña era mi ración! ¡Habría necesitado el doble de la que me sirvieron!








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