Jane Eyre

Jane Eyre

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El señor Brocklehurst se detuvo, tal vez anonadado por la fluidez de su propio discurso. La señorita Temple había bajado la vista cuando él empezó a hablar pero ahora le miraba francamente, y su rostro, normalmente pálido como el mármol, parecía ir tomando también la rigidez y la frialdad de ese material: mantenía los labios tan apretados que habría sido necesario un cincel de escultor para poder abrirlos, y su rostro iba tomando una expresión petrificada de severidad.

Mientras tanto, el señor Brocklehurst se situó de pie en medio de la clase con las manos a la espalda y examinaba con aire solemne todo el colegio. De repente sus ojos brillaron, como si hubieran topado con algo que le resultara increíble, y volviéndose hacia la señorita Temple, exclamó:

—¡Señorita Temple, señorita Temple… ¿qué es esa cosa con el cabello rizado? La pelirroja, con la cabeza llena de bucles…! —gritó, señalando con la punta de su bastón el objeto de su disgusto, con la mano temblando de indignación.

—Es Julia Severn —respondió la señorita Temple con la mayor tranquilidad.


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