Jane Eyre

Jane Eyre

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Las palabras del señor Brocklehurst quedaron interrumpidas por la irrupción de tres damas en la sala. Deberían haber llegado un poco antes para haber escuchado su discurso acerca de la modestia en el vestir, ya que iban espléndidamente ataviadas con terciopelos, sedas y pieles. Las dos más jóvenes (unas bellas chicas que debían de rondar los dieciséis o diecisiete años) lucían sombreros de castor gris, muy en boga en esa época, adornados con plumas de avestruz, por los que asomaba una cascada de bucles, rizados artificialmente. La dama de mayor edad iba envuelta en un costoso chal de terciopelo violeta, con adornos de armiño, y lucía en la cabeza un postizo lleno de pequeños rizos.

Estas damiselas fueron recibidas con todo tipo de deferencias por parte de la señorita Temple, quien las saludó como señora y señoritas Brocklehurst, y acompañadas hasta los asientos preferentes de la sala. Al parecer habían llegado con el reverendo y se habían dedicado a examinar las habitaciones del piso de arriba mientras él pasaba cuentas con el ama de llaves, interrogaba a la lavandera y amonestaba a la supervisora. Había llegado el turno de la señorita Smith: las damas procedieron a dirigirle todo tipo de críticas a la encargada de la ropa blanca y de la inspección de los dormitorios. Pero no tuve tiempo de atender a lo que decían, otros asuntos reclamaron mi inmediata atención.


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