Jane Eyre
Jane Eyre Pero lo cierto es que esas privaciones, o, mejor dicho, las miserias de Lowood, fueron remitiendo. Con la proximidad de la primavera cesaron las heladas invernales, la nieve se fundió y amainaron los afilados vientos. Mis lastimados pies, tan despellejados e hinchados por el frío que casi me impedían andar con normalidad, comenzaron a mejorar gracias a las templadas brisas del mes de abril. Las temperaturas nocturnas ya no nos congelaban la sangre en las venas, y hasta la hora de recreo que pasábamos en el jardín empezaba a ser soportable. Es más, si hacía sol, incluso llegaba a resultar agradable y divertida: ahora que los brotes de verdor crecían entre los parterres, daba la impresión de que una capa de esperanza los visitaba cada noche y dejaba a su paso rastros de frescura aún perceptibles por la mañana. Las flores apuntaban su presencia entre las hojas: campanillas, azaleas, prímulas de color violeta y pensamientos salpicados de motas doradas. Los jueves por la tarde los dedicábamos a dar paseos y a recoger las flores más bellas que abrían sus pétalos bajo los setos, en los márgenes del camino.