Jane Eyre

Jane Eyre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Una tarde de principios de junio volví del bosque acompañada de Mary Ann. Habíamos estado fuera hasta muy tarde y, como de costumbre, nos habíamos alejado del resto del grupo para vagar a nuestras anchas. Nos apartamos tanto que acabamos perdidas y tuvimos que detenernos a preguntar en una casa solitaria, cuyos únicos habitantes eran un matrimonio que se dedicaba a cuidar de una piara de cerdos salvajes, a los que alimentaban con bellotas silvestres. Ya era de noche cuando llegamos al orfanato y descubrimos el pony del médico atado en el porche. Mary Ann señaló que si habían avisado al médico a esa hora intempestiva es que una de las niñas debía estar muy grave. Ella entró en la casa y yo me quedé unos minutos en el jardín, plantando unas raíces que había arrancado del bosque y que temía que murieran si aguardaba hasta la mañana siguiente. Una vez terminada la tarea, aún me demoré un poco más: el dulce aroma de las flores se hacía más profundo con la oscuridad y la noche era maravillosa, plácida y cálida. El brillo del oeste auguraba un nuevo día tan luminoso como el anterior y la luna se elevaba majestuosa por el este. Yo lo observaba todo y disfrutaba como solo puede hacerlo una niña, cuando una idea me asaltó de repente, un pensamiento que jamás había tenido: «¡Qué triste debe de ser yacer en cama enferma, en peligro de muerte! Este mundo es tan bello que sería terrible tener que abandonarlo para ir a Dios sabe dónde».


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker