Jane Eyre

Jane Eyre

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No paré de resistirme en todo el camino, algo que nunca había hecho antes y que reforzó la mala opinión que de mí querían formarse Bessie y la señorita Abbot. Lo cierto es que me sentía incapaz de dominarme; era consciente de que un solo momento de desobediencia me había reportado un injusto castigo y, como cualquier otro esclavo rebelde, estaba tan desesperada que habría hecho lo que fuera para escapar.

—¡Cójala por los brazos, señorita Abbot! ¡Parece un gato salvaje!

—¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! —exclamaba la doncella de la señora—. ¿Cómo se ha atrevido a golpear al joven señorito? ¡Al hijo de su benefactora! ¡A su señor!

—¡Mi señor! ¿Cómo va a ser él mi señor? ¿Acaso soy una criada?

—No. Usted es menos que una criada, porque no hace nada para ganarse el sustento. Ea, siéntese ahí y reflexione sobre su perversa conducta.

Ya habíamos llegado a la habitación indicada por la señora Reed, y acababan de arrojarme sobre un taburete. Mi primer impulso fue saltar, como si un muelle me empujara, pero dos pares de manos me detuvieron al instante.

—Si no se queda sentada, tendremos que atarla —dijo Bessie—. ¡Señorita Abbot, sus ligas! Las mías no son lo bastante resistentes y las rompería.


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