Jane Eyre
Jane Eyre El nuevo capítulo de una novela es algo parecido al nuevo acto de una representación. Por lo tanto, lector, cuando suba el telón, imagínate que ante tus ojos hay una de las habitaciones de la posada George de Millcote. Es el típico cuarto que puede verse en esa clase de lugares: las paredes empapeladas con grandes dibujos, la alfombra, los muebles, los clásicos adornos sobre la chimenea. Y los cuadros, que incluyen un retrato de Jorge III, otro del príncipe de Gales y un grabado sobre la muerte de Wolfe. Todo esto resulta visible gracias a la luz que desprende una lámpara de aceite que cuelga del techo y de la que proporciona un fuego abundante, cerca del cual estoy sentada, todavía con el sombrero y la capa puestos. Los manguitos y el paraguas están encima de la mesa y yo intento mitigar el frío y el entumecimiento, fruto de dieciséis horas de exposición a la crudeza de un día de octubre. Salí de Lowton a las cuatro de la tarde, y en el reloj del campanario de Millcote acaban de dar las ocho de la mañana.
