Jane Eyre

Jane Eyre

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En consonancia con mi plácida llegada a Thornfield Hall, el augurio de un trabajo sin sobresaltos no fue traicionado a medida que fui conociendo mejor el lugar y las personas que lo habitaban. La señora Fairfax hacía honor a su aspecto: era una mujer de temperamento afable y tranquilo, educada y de inteligencia media. Mi alumna era una niña vivaz, tal vez demasiado consentida y un poco caprichosa. Sin embargo, el hecho de que yo fuera la única encargada de su cuidado, sin interferencias externas que contrariaran mis decisiones, hizo que pronto olvidara sus pequeñas manías y se convirtiera en una pupila dócil y fácil de enseñar. No poseía talentos destacables, ni marcados rasgos de carácter, ni daba muestras de un gusto singular que la elevara por encima de la media, pero tampoco había nada en ella ningún vicio o deficiencia que la situara por debajo. Sus progresos eran razonables, sentía por mí un afecto espontáneo aunque no demasiado profundo, y su simplicidad, su alegre charla y sus constantes esfuerzos por agradar, me inspiraban a cambio el cariño suficiente para que los ratos que pasábamos juntas transcurrieran de forma agradable.




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