Jane Eyre
Jane Eyre Si el extraño me hubiera sonreÃdo y respondido con amabilidad cuando me acerqué a él, si hubiera rechazado mi ofrecimiento de forma alegre y agradecida, ya me habrÃa alejado sin más insistencia. Pero la dureza y el mal humor del viajero me hacÃan sentir a mis anchas. Él me hizo un gesto de despedida, pero yo, sin moverme, exclamé:
—No pienso abandonarle a estas horas, en este rincón solitario, hasta que no vea por mà misma que se encuentra lo bastante bien como para montar a caballo.
Me miró al oÃr mis palabras; antes de ellas, apenas habÃa alzado los ojos hacia mÃ.
—Me atreverÃa a decir que es usted la que deberÃa estar en casa, si es que vive por aquÃ. ¿De dónde viene?
—De ahà abajo. Y no tengo ningún miedo por estar fuera de casa cuando hay luna. Le acompañaré hasta Hay con el mayor placer si lo desea. De hecho, voy hacia allà a enviar una carta.
—Dice que vive ahà abajo. ¿Se refiere a la casa de las almenas? —inquirió señalando hacia Thornfield Hall, que resaltaba en el bosque bajo la pálida luz de la luna que, en contraste con el cielo de poniente, ahora aparecÃa escoltada por una densa masa de nubes.
—SÃ, señor.
—¿A quién pertenece la casa?
—Al señor Rochester.