Jane Eyre
Jane Eyre —Sà —intervino la buena mujer, que ahora sabÃa qué terreno pisábamos—, y doy gracias cada dÃa por la elección que la Providencia me aconsejó. La señorita Eyre ha sido una valiosa compañÃa para mÃ, y una maestra solÃcita y atenta para Adèle.
—No se moleste en elogiarla —respondió el señor Rochester—. Las alabanzas no me causan el menor efecto, prefiero juzgar por mà mismo. Para empezar, ella hizo que mi caballo resbalara.
—¿Cómo dice, señor? —preguntó la señora Fairfax.
—Es a ella a quien debo agradecer la torcedura.
La viuda parecÃa inquieta.
—¿Ha vivido alguna vez en una ciudad, señorita Eyre?
—No, señor.
—¿Ha tenido mucha vida social?
—Ninguna, excepto con las alumnas y profesoras de Lowood, y ahora con los habitantes de Thornfield.
—¿Ha leÃdo muchos libros?
—Solo los que se han cruzado en mi camino, y no han sido demasiados ni tampoco muy interesantes.
—Ha vivido como una monja, y no me cabe duda que posee una sólida formación religiosa. Si no me equivoco, ese tal Brocklehurst, el director de Lowood, es clérigo, ¿no es as�
—En efecto, señor.