Jane Eyre
Jane Eyre Durante los días siguientes apenas me crucé con el señor Rochester. Por las mañanas parecía muy ocupado con los negocios, y por las tardes atendía las visitas de algunos caballeros de Millcote o de otros pueblos cercanos que a veces se quedaban a cenar. Cuando su tobillo se recuperó lo bastante como para poder montar a caballo, se dedicó a devolver las visitas y a menudo no regresaba hasta bien entrada la noche.
Ni siquiera Adèle fue llamada a su presencia en ese intervalo, y cualquier contacto con él por mi parte se redujo a ocasionales encuentros en el recibidor, en las escaleras o en la galería. A veces pasaba ante mí sin prestarme atención, dirigiéndome solo una fría mirada o una seca inclinación de cabeza; otras me sonreía con la amabilidad de un auténtico caballero. Sus cambios de humor no me ofendían en lo más mínimo, ya que era obvio que no tenían nada que ver conmigo: sus altibajos dependían de causas totalmente ajenas a mi persona.
