Jane Eyre

Jane Eyre

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—La veo confundida, señorita Eyre. Y, aunque sus encantos no son mayores que los míos, ese aire de perplejidad le sienta bien; además, comporta un beneficio adicional: aparta sus inquisitivos ojos de mi fisonomía y los mantiene entretenidos con las ajadas flores de la alfombra. Así que ya puede seguir desconcertada, jovencita. Esta noche me siento amistoso y comunicativo.

Con esta declaración se levantó de la silla y se quedó de pie, con el brazo apoyado en el dintel de mármol de la chimenea. En aquella postura, todo su cuerpo quedaba visible ante mis ojos: el pecho amplio, desproporcionado hasta alcanzar la longitud de uno de sus brazos. Estoy segura de que muchos le habrían calificado sin ambages como a un hombre feo, pero había tal altivez en su porte, tanta naturalidad en su postura, una indiferencia tan marcada hacia su apariencia externa y una confianza tan profunda en la existencia de otras cualidades, intrínsecas o aprendidas, que relegaban a un segundo plano la falta de atractivo físico, que una acababa compartiendo su indiferencia e incluso se dejaba arrastrar de forma ciega por esa corriente de seguridad que emanaba de sus imperfecciones.




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