Jane Eyre
Jane Eyre —No tengo la menor duda al respecto y, por lo tanto, voy a expresarme con la misma libertad con que confiarÃa mis pensamientos a un diario personal. Usted dirá que debà sobreponerme a las circunstancias. Y tiene razón; sÃ, la tiene. Pero no lo conseguÃ. Cuando el destino me traicionó no tuve la sabidurÃa suficiente como para mantenerme firme; la esperanza se esfumó y la degeneración ocupó su lugar. Ahora, cuando la infecta conducta de un bribón cualquiera despierta en mà sentimientos de ira y asco, no puedo jactarme de ser mejor que él. Me veo obligado a confesar que estamos al mismo nivel. Ojalá me hubiera mantenido firme, ¡solo Dios sabe cuánto lo desearÃa ahora! Si alguna vez el error la tienta, señorita Eyre, piense en los remordimientos antes de cometer esa acción indigna. Los remordimientos son el veneno de la vida.
—Y el arrepentimiento su único antÃdoto, señor.
—No es cierto. El hecho de reformarse puede ser una cura, y siento que todavÃa me quedan fuerzas para lograrlo, pero ¿de qué sirve pensar en ello cuando uno está como yo, asqueado, agobiado y envilecido? Además, ya que la felicidad me ha sido negada sin remisión, tengo derecho a extraer de la vida todo el placer que pueda ofrecerme. Y lo obtendré, a cualquier precio.
—En este caso, se irá hundiendo en la degeneración cada vez más, señor.