Jane Eyre
Jane Eyre Tal y como había prometido, el señor Rochester me lo explicó todo. Sucedió una tarde en que el azar quiso que nos encontráramos en el jardín. Yo iba con Adèle y, mientras ella se entretenía jugando con Pilot y con el aro, él me invitó a recorrer en su compañía la larga avenida de fresnos que cruzaba el parque, desde donde podíamos vigilar a la niña.
Fue entonces cuando me dijo que Adèle era la hija de una bailarina francesa, Céline Varens, por la que había sentido lo que él calificó como una grande passion. Pasión que, al parecer, devoraba a la citada Céline con más ardor aún si cabe. Él, feo como era, tuvo la osadía de creerse lo que ella le decía: que era su ídolo, que prefería su taille d’athlete a la elegancia del Apolo de Belvedere.
