Jane Eyre

Jane Eyre

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16

Tras una larga noche de insomnio, la idea de ver al señor Rochester me inspiraba a la vez deseo y aprensión: quería volver a oír su voz, pero temía cruzarme con su mirada. Durante las primeras horas de la mañana esperé que irrumpiera en la sala de estudios de Adèle; no es que lo tuviera por costumbre, pero lo había hecho algunas veces anteriormente y yo estaba convencida de que ese día nos visitaría.

Sin embargo, la mañana transcurrió sin sobresaltos, sin que nada ni nadie interrumpiera el sosegado transcurso de las lecciones. Lo único extraordinario fue un cierto bullicio que llegó hasta nosotras poco después de desayunar, procedente de la habitación del señor Rochester. Distinguimos la voz de la señora Fairfax, la de Leah y la de la cocinera —la esposa de John—, e incluso el tono brusco de este último, cuando pronunciaban frases del estilo de: «¡Fue una suerte que el señor no ardiera en su cama!», «Siempre resulta peligroso dejar una vela encendida durante la noche», «¡Gracias a Dios que tuvo la suficiente serenidad como para acordarse del agua de la jarra!», «Me extraña que no despertara a nadie», «Esperemos que la noche en el sofá de la biblioteca no tenga como consecuencia un mal resfriado», etcétera.


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