Jane Eyre

Jane Eyre

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Por fin oí unas pisadas en las escaleras. Leah hizo su aparición, pero era solo para informarme de que el té estaba servido en la habitación de la señora Fairfax. Me apresuré a bajar, pensando, en mi ignorancia, que eso me acercaba al señor Rochester.

—Debía de estar esperando el té —dijo la buena señora al verme entrar—. Comió tan poco al mediodía… Me temo que hoy no se encuentra muy bien —prosiguió—; parece tener fiebre.

—Oh, estoy perfectamente. ¡Nunca me he sentido mejor!

—Entonces debe calmar mi preocupación comiéndoselo todo. ¿Le importa llenar la tetera mientras acabo de guardar la labor?

Después de completar su tarea, se levantó y bajó las persianas que aún seguían subidas para aprovechar al máximo la luz del día, aunque ya hacía rato, pensé yo, que solo cedían paso a la oscuridad.

—Hace una noche clara —dijo ella observando el exterior a través de los cristales—, pero no hay estrellas. Al final, el señor Rochester habrá tenido un día favorable para su viaje.

—¡Su viaje! ¿Acaso el señor Rochester se ha ido? No lo sabía.


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