Jane Eyre
Jane Eyre La comitiva recorrió el camino y no tardó en girar hacia la entrada principal, con lo que desapareció de mi vista. Adèle me suplicó que la dejara bajar, pero yo la senté sobre mis rodillas y le expliqué que no debía presentarse a las damas, en ese ni en ningún otro momento, a no ser que el señor Rochester lo ordenara de manera explícita; si no obedecía, este se enfadaría mucho con ella. La niña derramó algunas lágrimas lógicas al oírlo, pero se las enjugó al notar que yo empezaba a enfadarme.
El alegre revuelo del recibidor llegaba con toda claridad hasta nuestros oídos: los tonos graves de los señores y las voces argentinas de las damas se fundían en un todo armonioso; sobre todas ellas destacaba la sonora bienvenida que el señor de Thornfield Hall dedicaba a sus encantadores y atractivos huéspedes. A dicha recepción le siguió el tenue sonido de las pisadas que subían las escaleras y recorrían el corredor, de las alegres risas que no cesaban, y del abrir y cerrar de puertas. Después se hizo el silencio.
—Elles changent de toilettes —dijo Adèle, que no se había perdido ni un detalle, antes de exhalar un profundo suspiro—. Chez maman, quand il y avait du monde, je les suivais partout, au salon et à leurs chambres; souvent je regardais les femmes de chambre coiffer et habiller les dames, et c’était si amusant: comme cela on apprend.[15]