Jane Eyre

Jane Eyre

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—¡Oh, ahora no me pases a mí el problema! Yo solo tengo una cosa que decir de toda esa tribu: son un engorro. Y no es que haya tenido que sufrir mucho por su culpa, que ya me ocupaba yo de ponerlas en su sitio. ¡La de bromas que solíamos gastar Theodore y yo a las señoritas Wilson, señoras Grey o madames Joubert de turno! Mary estaba siempre demasiado cansada para intervenir en nuestros planes. Las mejores jugarretas se las ganó madame Joubert. La señorita Wilson era como un animalito patético, desanimada y siempre al borde del llanto; en resumen, no merecía la pena esforzarse por enojarla. Y en cuanto a la señora Gray, era tan brusca e insensible que nada conseguía alterarla. ¡Pero la pobre madame Joubert…! Todavía puedo verla cuando ya estaba fuera de sí después de toda una tarde con nosotros: ya habíamos derramado el té, hecho migajas el pan con mantequilla, lanzado los libros una y otra vez contra el techo… ¡Y jugábamos a hacer música con la regla y el pupitre, con la parrilla y las tenazas de la chimenea! Theodore, ¿te acuerdas de esos días felices?

—Claaaro que me acuerdo —dijo lord Ingram arrastrando las sílabas—: y la pobre vieja solía gritar: «¡Oh, qué niños tan malvado!». Y entonces la regañábamos por atreverse a enseñar algo a unos niños tan listos como nosotros cuando ella no era más que una ignorante que ni siquiera sabía hablar como es debido.


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