Jane Eyre
Jane Eyre La biblioteca parecÃa tranquila cuando entré, y la sibila —si es que en verdad se trataba de una— estaba tendida en una butaca justo al lado del hogar. Llevaba una capa roja y un bonete negro, o, mejor dicho, un sombrero de gitana de ala ancha, anudado a la barbilla con un pañuelo de rayas. Sobre la mesa habÃa una vela apagada. La vieja se inclinaba sobre el fuego, como si buscara su luz para leer un librito negro, parecido a un misal. Murmuraba las palabras para sÃ, como suelen hacer las ancianas mientras leen. Mi entrada no tuvo la virtud de hacerla parar, sino que prosiguió con su lectura hasta llegar al final de un párrafo.
Me quedé de pie sobre la alfombra y acerqué las manos al fuego; en el salón habÃa estado sentada tan lejos de la chimenea que se me habÃan quedado heladas. Me invadÃa una absoluta calma: nada habÃa en la gitana susceptible de provocar turbación. Cerró el libro y, muy despacio, levantó la vista; el ala del sombrero le ocultaba parte del rostro, pero pude comprobar que se trataba de un semblante poco común. Era muy oscuro, casi negro: unos mechones rebeldes parecidos a los de un duende se escapaban de la banda blanca que llevaba atada bajo la barbilla y le cubrÃan unas mejillas que más bien parecÃan quijadas. Sus ojos me observaron de repente, con una mirada directa e insolente.
