Jane Eyre

Jane Eyre

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19

La biblioteca parecía tranquila cuando entré, y la sibila —si es que en verdad se trataba de una— estaba tendida en una butaca justo al lado del hogar. Llevaba una capa roja y un bonete negro, o, mejor dicho, un sombrero de gitana de ala ancha, anudado a la barbilla con un pañuelo de rayas. Sobre la mesa había una vela apagada. La vieja se inclinaba sobre el fuego, como si buscara su luz para leer un librito negro, parecido a un misal. Murmuraba las palabras para sí, como suelen hacer las ancianas mientras leen. Mi entrada no tuvo la virtud de hacerla parar, sino que prosiguió con su lectura hasta llegar al final de un párrafo.

Me quedé de pie sobre la alfombra y acerqué las manos al fuego; en el salón había estado sentada tan lejos de la chimenea que se me habían quedado heladas. Me invadía una absoluta calma: nada había en la gitana susceptible de provocar turbación. Cerró el libro y, muy despacio, levantó la vista; el ala del sombrero le ocultaba parte del rostro, pero pude comprobar que se trataba de un semblante poco común. Era muy oscuro, casi negro: unos mechones rebeldes parecidos a los de un duende se escapaban de la banda blanca que llevaba atada bajo la barbilla y le cubrían unas mejillas que más bien parecían quijadas. Sus ojos me observaron de repente, con una mirada directa e insolente.


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