Jane Eyre

Jane Eyre

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¿Dónde me encontraba? ¿Estaba despierta o dormida? ¿Había sido todo un sueño? ¿Un sueño en el que aún me hallaba inmersa? La voz de la vieja había cambiado: su acento, su tono, todo me era tan familiar como mi propio rostro reflejado en un espejo, como si fuera mi propia voz la que hablara. Me puse de pie, pero no me fui. La observé, aticé el fuego y volví a mirarla, pero ella seguía llevando puesto el sombrero y la banda que ocultaba su cara, y de nuevo me ordenó que me marchara. La llama iluminó su mano, y mi mente, ya alerta ante cualquier detalle sospechoso, se fijó en ella de repente. Nada en ella indicaba mayor vejez que en las mías: era un miembro redondeado y ágil, de dedos finos y simétricamente moldeados; un anillo ancho centelleaba en el meñique y, al observarlo con atención, vi la piedra preciosa que tantas veces había tenido ante mis ojos. De nuevo observé su rostro, que ya no se escondía en las sombras. Al contrario, la figura se había quitado el sombrero, apartado la banda y alzaba la cabeza directamente hacia mí.

—Y bien, Jane, ¿no me reconoce?

—Quítese esa capa, señor y ya…

—Eso intento pero se ha hecho un nudo en las cintas. ¡Ayúdeme!

—¡Rómpalas, señor!

—Muy bien. ¡Sin miramientos!

Y el señor Rochester se despojó del disfraz.


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