Jane Eyre
Jane Eyre Había olvidado correr las cortinas y bajar la persiana, algo que hacía todas las noches. En consecuencia, cuando la luna, llena y brillante porque la noche era hermosa, ocupó su lugar en el pedazo de cielo que caía enfrente de mi ventana y me observó a través de los cristales, su resplandor interrumpió mi sueño. Despierta en mitad de la noche, fijé los ojos en la silueta redonda, plateada y cristalina. Era bella, pero demasiado solemne: me incorporé a medias, lo bastante como para correr la cortina.
¡Buen Dios! ¡Qué grito!
El silencio y la calma de la noche habían sido partidos en dos por un sonido salvaje y agudo, un alarido pavoroso que recorrió Thornfield Hall de extremo a extremo.
Se me paró el pulso; el corazón dejó de latir y el brazo se me quedó petrificado en el aire. El lamento agonizó, y se hizo el silencio. En realidad, nadie que pudiera emitir ese chillido pavoroso sería capaz de repetirlo enseguida, ni siquiera el cóndor más grande de los Andes podría lanzar al aire desde las nubes que cubrían su nido dos gritos como aquel. Fuera quien fuera el causante de ese sonido, debía tomar aliento si quería repetir un esfuerzo semejante.
