Jane Eyre

Jane Eyre

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De la conversación mantenida con el señor Lloyd y de la citada charla que oí entre las muchachas, reuní la suficiente esperanza como para desear reponerme cuanto antes: el cambio parecía inminente, y yo lo esperaba y deseaba en silencio. Sin embargo, los días se convirtieron en semanas, y, aunque yo había recobrado mi estado normal, nadie volvió a mencionar ese tema que tanto me inquietaba. La señora Reed solía mirarme con expresión severa, pero raras veces se dirigía a mí. Desde el episodio de la habitación roja, la línea que me separaba de ella y los suyos se había hecho más profunda. Yo dormía en uno de los cuartos del servicio, estaba condenada a comer sola y pasaba todo el día en el cuarto de juegos, mientras que mis primos estaban siempre en el salón. Tampoco hizo nada que revelara sus intenciones de enviarme al colegio, y, sin embargo, yo tenía la sensación de que convivir conmigo bajo el mismo techo se le hacía cada vez más cuesta arriba: cuando me miraba sus ojos reflejaban la intensa e insuperable aversión que le provocaba mi mera presencia.





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