Jane Eyre
Jane Eyre ¡Qué extraños son los presentimientos! Lo mismo sucede con las simpatías espontáneas y las señales de que algo va a suceder: las tres cosas forman un misterio indescifrable para la humanidad. Nunca me he reído de los presagios porque yo misma los he tenido. Y creo que existe ese entendimiento inexplicable (por ejemplo, entre parientes lejanos que, pese a no conocerse, sienten entre sí una afinidad que desafía a la razón, prueba de su origen común) cuyos efectos superan la capacidad de comprensión del ser humano. Las señales, hasta donde sabemos, podrían ser una expresión de simpatía de la naturaleza hacia el hombre.
Cuando tenía seis años, una noche oí cómo Bessie Leaven decía a Martha Abbot que había soñado con un niño pequeño y que este tipo de sueños indicaba la inminencia de un problema, ya fuera para uno mismo o para un allegado. La frase se me habría borrado de la memoria de no haber sido por una extraordinaria circunstancia que lo fijó en ella de forma indeleble. Al día siguiente Bessie tuvo que partir a toda prisa: su hermana menor agonizaba.
