Jane Eyre

Jane Eyre

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La lluvia golpeaba con fuerza los cristales y el viento soplaba tempestuoso. «Aquí hay alguien que pronto estará a salvo de la furia de la naturaleza —pensé—. ¿Adónde irá este espíritu, que ahora se debate para abandonar su encarnación material, cuando se libere al fin de su prisión?»

Al reflexionar sobre este gran misterio, vino a mi mente Helen Burns. Recordé sus últimas palabras, su fe y su doctrina sobre la igualdad de las almas. Aún me hallaba entregada a revivir su voz —mientras dibujaba en la memoria el semblante pálido y espiritual, fatigado y sublime, como lo vi en su plácido lecho de muerte, y deseaba en un murmullo que se hubiera reunido con el Padre celestial—, cuando una voz débil procedente de la cama susurró:

—¿Quién hay ahí?

Sabía que la señora Reed llevaba días sin pronunciar palabra. ¿Era señal de que se sentía mejor? Corrí a su lado.

—Soy yo, tía.

—¿Quién es yo? ¿Quién eres? —dijo, mirándome con sorpresa y una cierta alarma, pero sin ira—. No te conozco. ¿Dónde está Bessie?

—En la portería, tía.


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