Jane Eyre
Jane Eyre Aquel año el verano fue espléndido en toda Inglaterra: hacía tiempo que no se veían en nuestra isla, normalmente azotada por las tormentas, unos cielos tan nítidos ni un sol tan radiante. Era como si una estela de días italianos hubiera llegado hasta nosotros desde el sur, cual aves migratorias, y hubiera decidido posarse en los acantilados de Albión. El heno había sido cortado, se habían segado los verdes campos de Thornfield; los senderos estaban blancos y despejados, y los árboles rebosantes de verdor. El oscuro manto que cubría el bosque y los setos contrastaba con los matices claros de los prados bañados por el sol.
La víspera de San Juan, Adèle, agotada tras haber pasado la mitad de la jornada recogiendo fresas en Hay Lane, se acostó al ponerse el sol. Esperé a que se durmiera y luego salí al jardín.
