Jane Eyre
Jane Eyre Georgiana estaba sentada en un taburete alto, peinándose y adornándose el cabello con flores artificiales y plumas viejas que había encontrado en un cajón del desván. Mientras, y obedeciendo a las estrictas órdenes de Bessie de tener la habitación arreglada antes de que ella regresara, yo me hacía la cama (lo cierto es que Bessie solía emplearme como ayudante para tareas como barrer los cuartos o quitar el polvo a los muebles). Después de extender bien la colcha y doblar el camisón, me dirigí a la ventana para poner en orden algunos libros y piezas de la casa de muñecas que había esparcidos por allí, cuando un agudo grito de Georgiana ordenándome que dejara en paz sus cosas (los espejos y las sillas en miniatura, al igual que los pequeños platos y tazas eran propiedad suya), detuvo mis movimientos; y, a falta de una ocupación mejor, me dediqué a lanzar el aliento sobre las flores que la escarcha formaba en los cristales, dibujando así un espacio por el que observar el paisaje exterior, petrificado bajo la intensa helada.