Jane Eyre
Jane Eyre Aquella tarde volvió a llamarme a su presencia. Yo le tenÃa preparada una ocupación, ya que no me apetecÃa enfrascarme en una conversación tête a tête. No habÃa olvidado lo bien que cantaba y sabÃa que, como a la mayorÃa de personas con buena voz, le encantaba hacerlo. Yo no era una solista, y según su fastidiosa opinión tampoco sabÃa tocar el piano, pero disfrutaba mucho con una buena actuación. Tan pronto como el crepúsculo, la hora del romance, empezó a desplegar su manto azul forrado de estrellas, fui hacia el piano, levanté la tapa y le pedà por favor que me dedicara una canción. Contestó que yo no era más que una bruja caprichosa, y que ya encontrarÃamos otro momento más adecuado para la música, pero le repliqué que nunca hay mejor momento que el presente.
—¿Te gusta mi voz? —preguntó.
—Mucho.
Nada más lejos de mi intención que hinchar su globo de vanidad, pero por una vez y por motivos de estricta conveniencia propia consentà en estimularlo.
—Solo si me acompañas al piano, Jane.
—Muy bien, señor. Lo intentaré.