Jane Eyre

Jane Eyre

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Levantó las telas que colgaban del muro, ocultando la existencia de una segunda puerta. La abrió. Nos hallamos en una habitación sin ventanas en la que ardía un fuego, protegido por un guardafuegos muy alto y resistente; una lámpara pendía del techo sujeta a una cadena. Grace Poole estaba inclinada frente al fuego, aparentemente calentando algo de comer. En la penumbra, al fondo de la habitación, vimos una figura que no dejaba de correr de un lado a otro. A primera vista, uno era incapaz de decir si se trataba de un animal o de un ser humano: se movía a cuatro patas y aullaba como lo haría una bestia salvaje, pero iba vestida y una masa informe de pelo le ocultaba la cabeza y la cara.

—Buenos días, señora Poole —dijo el señor Rochester—. ¿Cómo está? ¿Cómo se encuentra hoy su paciente?

—Hemos tenido días peores, señor —replicó Grace, mientras apartaba del fuego la humeante vianda—: está agitada, pero no furiosa.

Un alarido fiero pareció desmentir ese informe favorable: la hiena vestida se incorporó y permaneció erguida sobre sus pies.

—¡Le ha visto, señor! —exclamó Grace—. Es mejor que se vaya.

—Solo serán unos minutos, Grace; permítame que me quede un momento.


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