Jane Eyre

Jane Eyre

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27

Tenía que ser ya media tarde cuando levanté la cabeza, porque al mirar a mi alrededor y ver el tenue brillo del sol que declinaba proyectado en la pared, me pregunté: «¿Qué voy a hacer ahora?».

Pero la respuesta que la mente dio a esta pregunta, «¡Abandonar Thornfield inmediatamente!», fue tan súbita, tan aterradora, que cerré los oídos. Me dije que no podía soportar esas palabras en aquel momento. «No haberme convertido en la señora de Edward Rochester es ahora la menor de mis preocupaciones —me dije—. Haberme despertado del sueño más glorioso feliz y haber advertido que no era más que un agujero hueco y vacío es un horror al que puedo enfrentarme e incluso dominar. Sin embargo, asumir que debo abandonarle, ahora mismo y para siempre, es algo superior a mis fuerzas, algo que no me siento con ánimos de hacer.»

Pero entonces una vocecilla interior me aseguró que sí podía y me advirtió que debía hacerlo. Luché contra mi propia decisión: deseaba que mi debilidad de carácter se impusiera a la conciencia y evitara así el sufrimiento que intuía próximo; mientras que la sensatez, por su lado, se convertía en una tirana sin piedad, agarraba a la pasión por la garganta y juraba que la hundiría con brazo de hierro en los insondables abismos de la agonía.

«¡Que alguien me saque de aquí! —grité—. ¡Que alguien me ayude!»


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