Jane Eyre

Jane Eyre

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—No tuvo tiempo, querida. Vuestro padre se fue en un minuto. Había estado un poco pachucho el día anterior, pero no parecía nada serio. Cuando el señor Saint John le preguntó si quería que os mandara llamar, se rió de él. Al día siguiente volvió a quejarse de que le pesaba la cabeza. De eso ya hace dos semanas: fue a acostarse y ya no se despertó. ¡Cuando vuestro hermano entró en su habitación lo encontró rígido! ¡Ay, niñas! Era el último que quedaba de la vieja casta, porque vosotras y el señor Saint John ya sois muy distintos. Os parecéis mucho más a vuestra madre, y sois tan cultos como ella. Eres su vivo retrato, Mary. En cambio, Diana ha salido a vuestro padre.

Yo las veía tan similares que no podía entender dónde estaban las diferencias apreciadas por la vieja criada (puesto que ya había deducido que esto es lo que era). Las dos eran de piel pálida y talle esbelto; las caras de ambas denotaban distinción e inteligencia. Una de ellas tenía los cabellos más oscuros que la otra, y también era distinta su forma de peinarlos: Mary los llevaba lisos y castaños, con raya en medio y trenzados a la espalda; los rizos de Diana, más oscuros, le cubrían el cuello de tirabuzones. El reloj dio las diez.

—Supongo que querréis cenar —comentó Hannah—, al igual que el señor Saint John cuando llegue.


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