Jane Eyre
Jane Eyre —Ya le fue bien que la fiebre la obligara a pasar tres dÃas de ayuno, porque en su estado un exceso de alimentación habrÃa sido peligroso. Ahora ya puede comer, pero con moderación.
—ConfÃo en que no tendré que alimentarme a sus expensas durante mucho tiempo —fue mi desafortunada y contrita respuesta.
—Por supuesto —dijo frÃamente—, tan pronto como nos indique el lugar donde residen sus amigos, les escribiremos y asà podrá volver a casa.
—Sinceramente, señor, debo decirle que me resulta imposible hacer lo que me pide: carezco completamente de hogar y de amigos.
Los tres me miraron, pero no habÃa en ellos desconfianza. No vi rastros de sospecha en sus ojos, sino más bien curiosidad, especialmente en los de las damas: los de Saint John, aunque diáfanos en sentido literal, eran como un escudo que protegÃa su mente. En lugar de revelar sus propios pensamientos, constituÃan una herramienta útil para diseccionar las ideas del prójimo. Manifestaba una actitud que mezclaba amabilidad y reserva, más propensa a avergonzar que a suscitar confidencias.
—¿Quiere decir —preguntó— que no tiene usted a nadie en el mundo?
—Asà es. No existe ningún lazo que me ate a ningún ser vivo, ni un solo lugar que pueda reclamar como mÃo en toda Inglaterra.