Jane Eyre

Jane Eyre

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Ya le fue bien que la fiebre la obligara a pasar tres días de ayuno, porque en su estado un exceso de alimentación habría sido peligroso. Ahora ya puede comer, pero con moderación.

—Confío en que no tendré que alimentarme a sus expensas durante mucho tiempo —fue mi desafortunada y contrita respuesta.

—Por supuesto —dijo fríamente—, tan pronto como nos indique el lugar donde residen sus amigos, les escribiremos y así podrá volver a casa.

—Sinceramente, señor, debo decirle que me resulta imposible hacer lo que me pide: carezco completamente de hogar y de amigos.

Los tres me miraron, pero no había en ellos desconfianza. No vi rastros de sospecha en sus ojos, sino más bien curiosidad, especialmente en los de las damas: los de Saint John, aunque diáfanos en sentido literal, eran como un escudo que protegía su mente. En lugar de revelar sus propios pensamientos, constituían una herramienta útil para diseccionar las ideas del prójimo. Manifestaba una actitud que mezclaba amabilidad y reserva, más propensa a avergonzar que a suscitar confidencias.

—¿Quiere decir —preguntó— que no tiene usted a nadie en el mundo?

—Así es. No existe ningún lazo que me ate a ningún ser vivo, ni un solo lugar que pueda reclamar como mío en toda Inglaterra.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker