Jane Eyre
Jane Eyre Proseguí con las tareas de la escuela con toda la dedicación y empeño que fui capaz. Debo reconocer que al principio el trabajo fue duro. Necesité un cierto tiempo para comprender del todo el carácter de mis alumnas. Absolutamente ignorantes y con las facultades entumecidas, de entrada me parecieron todas iguales: un grupo de absolutas paletas. Sin embargo, no tardé en comprobar mi error; había entre ellas tantas diferencias como las hay entre los hijos de buenas familias, y cuando llegamos a conocernos mutuamente estas diferencias se hicieron más perceptibles. Una vez superaron su asombro ante mi persona y mi forma de hablar, ante las reglas y modos a los que yo estaba acostumbrada, algunas de estas rústicas chicas se transformaron en crías bastante ingeniosas. Muchas reaccionaron con satisfacción manifestando su agradecimiento y amistad en detalles espontáneos, rebosantes de bondad, dignidad innata y de una sorprendente habilidad a la hora de acometer ciertas tareas, lo que a cambio les granjeó mi buena voluntad y admiración. Pronto aprendieron el placer que se siente al hacer las cosas bien; al mantener el aseo personal, al realizar sus tareas de forma constante, al ir adquiriendo maneras tranquilas y ordenadas. La rapidez de sus progresos resultaba incluso sorprendente. Y yo me sentía feliz y orgullosa de haber contribuido a ellos. Es más, comencé a sentir un sincero aprecio por algunas de las chicas y me constaba que ellas también me correspondían. Entre las alumnas tenía a las hijas de algunos granjeros: chicas prácticamente adultas que ya sabían leer, escribir y coser, a las que expliqué algunas nociones básicas de gramática, geografía e historia, y a las que di lecciones avanzadas de bordado. Entre ellas hallé algunos caracteres estimables: personalidades ávidas de formación y deseosas de mejorar, con quienes pasé más de una hora agradable en sus propios hogares. A cambio, sus padres (el granjero y su mujer) me colmaban de atenciones. Disfrutaba al aceptar esos simples favores, y al corresponderles con una consideración, un escrupuloso respeto hacia sus sentimientos, a la que quizá no estaban demasiado acostumbrados y que les encantaba y beneficiaba a la vez. Porque, al mismo tiempo que los enaltecía a sus propios ojos, les infundía el deseo de volver a ser merecedores de semejante trato.
