Jane Eyre
Jane Eyre —Claro que se ha fijado, señor Rivers.
La brusquedad de mi afirmación casi le asustó. Me miró con el asombro dibujado en la cara. «Pues acabamos de empezar —murmuré para mis adentros—. No pienso dejarme impresionar por tu altivez; estoy dispuesta a ir todo lo lejos que pueda.»
—Aunque ya lo observó con suma atención —prosegu×, no tengo inconveniente en dejárselo ver otra vez.
Y diciendo estas palabras, me levanté y le coloqué el dibujo en la mano.
—Un trabajo muy bien hecho —dijo él—: muy suave, de colores nÃtidos y armoniosos. Un trazo muy correcto.
—SÃ, sÃ, ya lo sé. ¿Pero qué me dice del parecido? ¿A quién se parece?
Fingiendo un atisbo de duda, respondió:
—Supongo que es la señorita Oliver.
—Por supuesto. Y ahora, señor, como recompensa por su acierto, le prometo pintarle un fiel duplicado de este retrato, si es que tiene a bien admitir que el regalo le complacerÃa. No desearÃa malgastar el tiempo y el esfuerzo para ofrecerle algo que usted no apreciara.
Siguió contemplando el dibujo, y cuanto más lo miraba, con más firmeza lo sostenÃa y mayor parecÃa su deseo de poseerlo.