Jane Eyre
Jane Eyre Todo quedó resuelto poco antes de Navidad. Se acercaban las vacaciones, y cerré la escuela de Morton, no sin antes comprobar que mis esfuerzos no habían sido estériles. La fortuna abre la mano al mismo tiempo que el corazón, y poder dar algo cuando se ha recibido tanto te sumerge en un torbellino de sensaciones. Ya hacía tiempo que había advertido ciertas muestras de aprecio en aquellas rústicas pupilas, una intuición que vi confirmada cuando nos separamos, y ellas manifestaron su cariño de forma espontánea y abierta. Me emocionó profundamente saber que ocupaba un lugar en esos corazones sencillos: les prometí que no transcurriría una semana sin que las visitara para darles una hora de clase en la escuela.
El señor Rivers llegó después, cuando ya me había despedido de las sesenta alumnas que formaban las clases y había cerrado la puerta. Seguía en el umbral, con la llave en la mano, diciendo adiós a media docena de mis mejores estudiantes: las jóvenes más decentes, respetables, modestas y cultas de todas las campesinas inglesas. Y eso es mucho decir, puesto que el campesinado inglés es el más decente, educado y respetuoso de toda Europa. Desde esos días he tenido la oportunidad de conocer paysannes y Bäuerinnen, y, en comparación con mis niñas de Morton, me parecieron gentes ignorantes, rudas y carentes de modales.
