Jane Eyre

Jane Eyre

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35

No se fue a Cambridge al día siguiente como había dicho que haría. Retrasó su partida una semana completa, y empleó este tiempo en hacerme sentir el severo castigo que un hombre bueno, firme, concienzudo e implacable es capaz de infligir sobre quien ha osado ofenderle. Sin necesidad de demostrar abiertamente su hostilidad, sin una sola palabra fuera de tono, se las arregló para dejar muy claro que había dejado de merecer su aprecio.

No es que Saint John albergara el poco cristiano deseo de la venganza: no me habría tocado un pelo de la cabeza aunque hubiera tenido poder para hacerlo. Su carácter y sus principios no se rebajaban a disfrutar con la mezquina gratificación que implica la venganza: me había perdonado por manifestar mi desprecio hacia él y hacia su amor, pero no había olvidado las palabras. Y mientras los dos siguiéramos vivos no las olvidaría jamás. Cuando me miraba, veía en sus ojos que esas palabras flotaban en el aire que nos separaba; cada vez que yo hablaba, resonaban en su oído, y su eco teñía el tono de cada una de las frases que me dirigía.



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