Jane Eyre
Jane Eyre —Sin embargo, Saint John es un hombre bueno —reflexionó Diana.
—Es un gran hombre, y es bueno, pero sus inmensas metas no dejan lugar para la piedad hacia los sentimientos y necesidades de las personas corrientes. Es mejor, por lo tanto, que los insignificantes nos apartemos de su camino, ya que nos derribarÃa a su paso. ¡Ahà viene! Te dejo, Diana.
Y corrà escaleras arriba al verle entrar en el jardÃn.
Pero no pude evitar volver a encontrarme con él a la hora de la cena, durante la que se mostró tan contenido como era habitual. Yo, que habÃa pensado que apenas me dirigirÃa la palabra y estaba segura de que habrÃa abandonado del todo la idea del matrimonio, descubrà que me equivocaba en ambos puntos a medida que avanzaba la noche. Habló conmigo como de costumbre, es decir, de la forma en que acostumbraba a tratarme en los últimos tiempos: formal hasta la exageración. No hay duda de que habÃa invocado la ayuda del EspÃritu Santo para que aplacara la ira que yo habÃa sembrado en él, y creÃa haberme perdonado de nuevo.