Jane Eyre

Jane Eyre

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36

Y el día llegó. Me levanté al alba y dediqué un par de horas a ordenar mi habitación: arreglé los cajones y el armario. Quería dejar las cosas como es debido durante mi breve ausencia. Mientras lo hacía, oí que Saint John salía de sus aposentos y se detenía junto a mi puerta. Temí que llamara, pero no, se limitó a deslizar una nota de papel por debajo de la puerta. Lo cogí y lo leí:

Anoche tu partida fue demasiado precipitada. Si te hubieras quedado un poco más, habrías apoyado la mano en la cruz de Cristo y en la corona del ángel. Espero que a mi regreso, de hoy en dos semanas, hayas tomado una decisión. Mientras tanto, vigila y reza para evitar la tentación. Puedo ver que el espíritu está dispuesto al sacrificio, pero la carne es débil. Rezaré por ti a todas horas.

Siempre tuyo,

Saint John

«Mi espíritu —respondí mentalmente— está dispuesto a hacer lo correcto, y creo que la carne es lo bastante fuerte como para cumplir con los designios del cielo, una vez que dichas directrices estén fuera de toda duda. En cualquier caso, será lo bastante fuerte como para buscar, preguntar, despejar esa nube de interrogantes y abrirse a la luz de la certidumbre.»


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