Jane Eyre

Jane Eyre

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«Lo primero que quiero ver es la fachada principal —decidí—, así mis ojos disfrutarán de la noble vista de sus altivas almenas y podrán distinguir la ventana que da a los aposentos de mi señor. Tal vez esté asomado a ella, tal vez esté dando un paseo por el huerto o por la avenida frontal. ¡Si solo pudiera verle! ¡Ni que fuera un instante! ¿Puedo asegurar que no correría hacia él en un arranque de locura? No, no puedo jurarlo, no estoy segura. ¿Y qué pasaría si lo hiciera? ¡Que Dios le bendiga! ¿Qué pasaría? ¿A quién haría daño por degustar de nuevo el sabor de la vida que me proporcionaba su mirada? Estoy desvariando: quizá en este momento se encuentre contemplando el amanecer desde los Pirineos o a bordo de un barco, por los mares del sur.»

Giré cuando llegué al final del muro bajo que cercaba el huerto. Ahí la verja se abría hacia el prado, entre dos columnas de piedra coronadas por bolas del mismo material. Desde detrás de uno de esos pilares, podría contemplar a placer esa fachada y pasar inadvertida. Saqué la cabeza con precaución, deseosa de comprobar si había alguna persiana levantada a esas horas: las almenas, las ventanas, la fachada… Todo estaba al alcance de mi vista desde aquel escondrijo.



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