Jane Eyre

Jane Eyre

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—Supongo que usted debe conocer Thornfield Hall —logré articular al final.

—Claro, señora. Viví allí.

—¿Ah, sí?

—«No en mi época —pensé—. No te conozco.»

—Fui mayordomo del difunto señor Rochester —añadió.

¡El difunto! Acababa de recibir en pleno rostro el golpe que tanto había intentado esquivar.

—¡El difunto! —repetí sin aliento—. ¿Acaso ha muerto?

—Me refiero al padre del señor Edward, el propietario actual —explicó.

Volví a respirar, y mi sangre reanudó su flujo. De esas últimas palabras podía deducir que el señor Edward, mi señor Rochester, ¡que Dios le bendiga!, estaba vivo. Establecido este hecho, la vida del propietario actual (¡qué palabras tan hermosas!), podía afrontar el relato de todo lo que viniera con cierta tranquilidad. Ahora que sabía que no estaba en la tumba, podría resistir la noticia de que se había marchado a las Antípodas.

—¿Sigue residiendo el señor Rochester en Thornfield Hall? —pregunté.

Sabía la respuesta de antemano, pero aún no me sentía con fuerzas para preguntar dónde estaba.


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