Jane Eyre

Jane Eyre

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El caserío de Ferndean era un edificio antiguo, no muy grande y sin pretensiones arquitectónicas, enterrado en las profundidades de un bosque. Yo había oído hablar del lugar: el señor Rochester se refería a él a menudo y solía visitarlo de vez en cuando. Su padre había adquirido la finca debido a su afición a la caza. Quiso arrendar la casa, pero no logró encontrar a nadie que se aviniera a residir en un lugar tan inhóspito e insalubre. Por lo tanto, Ferndean siguió deshabitado y sin muebles, a excepción de dos o tres habitaciones que contenían lo imprescindible para acomodar a los invitados durante la temporada de caza.

Llegué a la casa justo antes de que anocheciera, en una tarde marcada por un cielo triste, un viento frío y una llovizna persistente. Recorrí a pie el último kilómetro, después de despedir al cochero con la doble paga prometida. El edificio permanecía oculto entre la espesura del bosque y resultaba invisible aún a corta distancia. Unas puertas de acero sujetas por pilares de piedra me mostraron la entrada y, al cruzar el umbral, me hallé de nuevo rodeada por densas filas de árboles. Había un sendero que descendía por un lado de aquella selva, repleto de arbustos, bordeado por troncos nudosos, y coronado por los arcos que formaban las ramas. Lo seguí, con la esperanza de que me llevara directamente a la casa, pero el camino iba dando vueltas y vueltas sin rastro de la fachada ni de ningún jardín.


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