Jane Eyre
Jane Eyre —Me está tocando; me está abrazando con fuerza. No estoy frÃa como un cadáver, ni soy etérea como el aire, ¿no es asÃ?
—¡Mi amor está vivo! No hay duda: son sus brazos, es su cuerpo… Pero no puede ser: no merezco tal bendición después de tanta desgracia. Es un sueño, como los que me acechan de noche, en los que la abrazo y la beso, cuando siento que me ama y que nunca volverá a abandonarme.
—Se lo prometo, señor. Nunca le dejaré.
—¿Nunca, dice esta aparición? Pero yo sé lo que sucede cuando me despierto y me doy cuenta de que he sido vÃctima de una broma cruel. Y me quedo desolado y abandonado, empujado a esta vida oscura, solitaria y sin esperanza, con el alma sedienta y sin poder beber, con el corazón hambriento y sin alimento que darle. Eres un sueño dulce y suave que se esfumará de mis brazos en cualquier momento, tal y como hicieron antes sus hermanas. Pero bésame antes de irte. ¡Abrázame, Jane!
—¿AquÃ, señor? ¿O aquÃ?
Posé los labios sobre aquellos ojos que habÃan brillado ante mà y que ahora estaban apagados; le aparté el cabello y le besé en la frente. De repente pareció comprender: era una sensación demasiado real para ser un mero sueño.
—¿Eres tú de verdad, Jane? ¿Has vuelto a m�
—Estoy aquÃ.