Jane Eyre

Jane Eyre

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Como hasta el momento no había dirigido la palabra a ninguna de las chicas ni nadie parecía advertir mi presencia, me quedé de pie, sola. Ya estaba acostumbrada a permanecer aislada así que el hecho no me inquietaba demasiado. Apoyada en uno de los pilares del porche, me envolví en el mantón gris, esforzándome por olvidar el frío y el hambre que me acuciaban, y me dediqué a observar y a pensar. Mis reflexiones eran tan fragmentadas que no merece la pena que las evoque ahora. Apenas sabía dónde me hallaba: Gateshead y la vida pasada parecían haberse quedado a una enorme distancia; el presente era extraño e incierto y no me atrevía a hacer conjeturas sobre el futuro. Contemplé el jardín, y luego dirigí la mirada hacia la casa: un edificio grande, la mitad del cual tenía un aspecto gris y viejo mientras que la otra mitad era mucho más nuevo. Esta última parte, que incluía la sala de estudio y el dormitorio, quedaba iluminada por la luz que entraba a través de las ventanas enrejadas, divididas por parteluces que conferían al conjunto un aire conventual. En una placa de piedra colgada junto a la puerta podía leerse la siguiente inscripción:

Institución Lowood: Esta zona fue reconstruida en… por Naomi Brocklehurst, de Brocklehurst Hall. Deja que la luz brille y alumbre tus buenas obras. Gloria al Señor que está en los cielos.

Mateo, 5, 16


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