Jane Eyre

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CONCLUSIÓN

Pues bien, lector, me casé con él. Tuvimos una boda tranquila: solo nosotros dos, el párroco y el sacristán. Cuando volvimos de la iglesia, me dirigí a la cocina donde Mary hacía la comida mientras John abrillantaba los cuchillos, y dije:

—Mary, esta mañana me he casado con el señor Rochester.

Tanto el ama de llaves como su marido pertenecían a esa clase de personas flemáticas a las que puede darse cualquier noticia sin miedo a que te agujereen los oídos con exageradas expresiones de emoción o manifiesten su sorpresa mediante una lluvia de palabras. Mary levantó la cabeza y me miró. El cucharón con el que sazonaba el asado quedó suspendido en el aire durante tres minutos, y durante ese mismo periodo de tiempo también John interrumpió su tarea. Por fin, Mary volvió a inclinarse hacia el fuego y dijo:

—¿De verdad, señorita? ¡Qué bien! —Y poco después, prosiguió, sin dejar de dar vueltas a la carne—: Los vi salir, a usted y al señor, pero no sabía que hubieran ido a la iglesia a casarse.

Cuando me volví, John sonreía de oreja a oreja.


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