Villette
Villette Toda la tripulación se puso en movimiento con las primeras luces del dÃa, y los pasajeros embarcaron al salir el sol. La camarera dispensó una efusiva bienvenida a «los Watson» y se armó un gran bullicio en su honor. Eran cuatro, dos hombres y dos mujeres. Además de ellos sólo habÃa otra pasajera, una joven que subió acompañada de un hombre de aspecto distinguido aunque lánguido. Los dos grupos ofrecÃan un marcado contraste. Los Watson eran sin duda gente adinerada, pues su porte confiado era un reflejo de su riqueza; las mujeres —jóvenes ambas y una de ellas sumamente hermosa— vestÃan con ostentación, en tonos alegres y, dadas las circunstancias, de un modo muy absurdo. Sus sombreros adornados con vistosas flores, sus capas de terciopelo y sus vestidos de seda resultaban más apropiados para un jardÃn o un paseo que para la cubierta de un húmedo paquebote. Los hombres eran de baja estatura, feos, gordos y vulgares; no tardé en comprender que el más viejo, grasiento y rechoncho era el marido —reciente, supuse, pues ella era muy joven— de la beldad. Grande fue mi asombro al descubrirlo, y mayor aún cuando reparé en que, en lugar de mostrarse terriblemente desdichada por la unión, la alegrÃa de ella era desbordante. «Su risa debe de ser mera histeria provocada por la desesperación», pensé. Y en el momento en que esta idea cruzaba por mi cabeza, mientras estaba apoyada, silenciosa y solitaria, en el costado del barco, aquella completa desconocida se acercó a mà dando traspiés con un taburete plegable en la mano y, sonriendo con una frivolidad que me desconcertó —aunque dejara ver unos dientes perfectos—, me ofreció el cómodo asiento. Lo rechacé, naturalmente con toda la cortesÃa de que fui capaz; ella se alejó bailando, grácil e indiferente. DebÃa de tener un carácter afable, pero ¿qué podÃa haberla inducido a contraer matrimonio con aquel individuo más parecido a un tonel de aceite que a un hombre?