Villette
Villette Me desperté a la mañana siguiente con el coraje y el espÃritu renovados; la debilidad fÃsica ya no hacÃa flaquear mi juicio; sentÃa la cabeza atenta y despejada.
Acababa de vestirme cuando llamaron a la puerta.
—Puede pasar —dije, esperando ver a la sirvienta; pero fue un hombre de aspecto rudo quien entró.
—Deme sus llaves, señorita —exclamó.
—¿Por qué? —quise saber.
—¡Démelas! —repitió con impaciencia y, después de arrancármelas casi de la mano, añadió—: ¡Muy bien! En seguida traigo su baúl.
Por fortuna todo salió bien: el hombre resultó ser de la aduana. No sabÃa dónde iba a desayunar, pero me dispuse a bajar, no sin cierta vacilación.
