Villette
Villette Tras la prière du soir, madame en persona vino a verme de nuevo. QuerÃa que la siguiera al piso de arriba. Me guió a través de una serie de pequeños dormitorios, sumamente peculiares —celdas de monjas, según me enteré después, ya que una parte del edificio era muy antigua—, y del oratorio —una sala de techo bajo, larga y sombrÃa, con un pálido crucifijo en la pared y dos cirios mortecinos siempre encendidos—, hasta llegar a una estancia donde dormÃan tres niñas en tres camas diminutas. Una estufa caldeaba la habitación y volvÃa su ambiente opresivo; y, para mejorar las cosas, todo estaba impregnado de un fuerte olor: un perfume sorprendente e inesperado dadas las circunstancias, pues era una mezcla de humo con algún licor; en pocas palabras, olÃa a whisky.
Al lado de una mesa en la que se consumÃa inútilmente el cabo de una vela, derramando su cera en la palmatoria, vi sentada a una mujer de aspecto vulgar, vestida con un llamativo traje de seda con grandes rayas, que contrastaba con un delantal de paño; dormÃa profundamente. Para completar el cuadro y despejar cualquier duda sobre la situación, junto a la bella durmiente habÃa una botella y un vaso vacÃo.