Villette
Villette Según la tradición, la casa de madame Beck había sido un convento en el pasado. Antiguamente —no sé cuánto tiempo haría, pero creo que varios siglos: antes de que la ciudad se extendiera hasta allí, cuando no había más que tierras de cultivo y avenidas, y la frondosa y honda soledad que debe rodear una casa religiosa—, había ocurrido algo en aquel lugar que había desatado el miedo y el horror entre las gentes, dejando como legado una historia de fantasmas. Se rumoreaba que una monja blanca y negra vagaba a veces, alguna noche o noches del año, por el vecindario. El espectro debía de haber sido expulsado de allí hacía siglos, pues todos los alrededores estaban llenos de casas; pero ciertos vestigios del convento, en forma de viejos y enormes árboles frutales, consagraban todavía aquel lugar; y, al pie de uno de ellos —un peral tan viejo como Matusalén, casi sin vida, con unas pocas ramas que en primavera seguían renovando fielmente su nieve perfumada, y en otoño sus colgantes dulces como la miel—, podía verse, al apartar la tierra musgosa entre las raíces medio desnudas, el brillo de una losa, suave, dura y negra. Decía la leyenda, nunca confirmada ni aceptada, pero muy extendida, que se trataba de la entrada de una cripta, que ocultaba en las profundidades de aquel terreno, donde crecían las flores y la hierba, los huesos de una joven a la que un cónclave monacal de la oscura Edad Media había enterrado viva por algún pecado contra sus votos. Su recuerdo había hecho temblar de miedo a varias generaciones, mucho después de que su pobre cuerpo se convirtiera nuevamente en polvo; para los ojos asustadizos, eran su hábito negro y su velo blanco los que imitaban las sombras y la luz de la luna al moverse con el viento nocturno entre los matorrales.