Villette

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Sin duda era a las doce, al alcanzar la jornada su vulgar mediodía, cuando el internado de madame Beck parecía desbordarse, y todas las alumnas se desperdigaban por el jardín, rivalizando con los alumnos del colegio vecino en el poco recatado ejercicio de pulmones y extremidades; y aquel rincón se convertía entonces en un lugar realmente concurrido. Pero, al llegar el ocaso o la hora del salut, cuando las externas habían regresado a sus hogares y las internas estudiaban en silencio, era muy agradable recorrer sus tranquilos senderos y oír el dulce y excelso repicar de las campanas de St Jean Baptiste.

Un anochecer en que yo paseaba sola, la calma creciente, el suave frescor y el fragante aroma con que las flores no respondían al sol sino al seductor rocío, me empujaron a quedarme en el jardín después del crepúsculo. A la luz de la ventana del oratorio vi a los católicos reunidos para las oraciones nocturnas, un rito del que yo, como protestante, me eximía de vez en cuando.

«Unos instantes más —me susurraron la soledad y la luna estival—, quédate con nosotras. Reina la paz; durante el próximo cuarto de hora, nadie te echará de menos: el calor y el ajetreo del día te han fatigado; disfruta de este maravilloso momento».


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